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Los aprendices de brujo

En este artículo que escribí junto con mis amigos y compañeros de Argituz Miguel Ángel Navarro y Eva Silván allá por enero de 2015, criticamos la falta de ideas que hace que la única solución que parece que saben aplicar quienes toman decisiones en materia de legislación penal es la “mano dura” o el “jarabe de palo”.

El Aprendiz de Brujo es un poema sinfónico del compositor francés Paul Dukas, compuesto en 1896-97, inspirado en un poema de Goethe de 1797, y que muchos recordamos en las imágenes maravillosas de Walt Disney en su película de animación “Fantasía”, de 1940.

El poema empieza cuando el brujo se marcha de su taller, dejando al aprendiz al cargo de una serie de tareas rutinarias de limpieza. Cansado de tener que cargar con cubos de agua, el aprendiz hace que una escoba acarree el agua por él utilizando la magia que aprendió de su maestro, magia que aún no domina por completo. Pronto, el taller queda inundado de agua, con lo que el aprendiz comprueba que no puede detener el proceso que ha creado, porque no sabe cómo hacerlo. Desesperado, rompe la escoba a hachazos, pero de esas astillas nacen nuevas escobas que continúan acarreando agua, agravando el problema todavía más. Lo inquietante es que, en nuestro entorno, parece que prevalecen una serie de aprendices de brujo mediocres que, quizás por pereza, desazón, interés político o simplemente por desconocimiento, sólo saben aplicar una medicina: la mano dura, el jarabe de palo.

Contra el terrorismo sólo cabe endurecer las penas, la dispersión o la falta de la más mínima consideración o visión política, como en casos como el de Otegi, o vulnerar incluso normas fundamentales del derecho penal, como la prohibición de la aplicación retroactiva de penas. Para casos como el de Marta del Castillo –en el que hay menores de edad implicados- también se ha hablado de endurecer penas. Ahora también se quiere castigar conductas que previamente no merecían tal respuesta, como tomar imágenes de la Policía durante su trabajo en manifestaciones y concentraciones.

Por supuesto que hay casos tremendamente inquietantes por su ensañamiento, o por el tipo de víctima, o por toda aquella serie de circunstancias que se conjugan generando gran alarma social. Pero, ¿todo se soluciona con el jarabe de palo? Con la mano dura ¿no nos estamos limitando a atacar el síntoma y no su causa?

No es lógico pensar que ese mismo remedio –la mano dura- sirva exactamente igual para situaciones tan dispares y distintas. Existe todo un elenco de otras medidas alternativas –punitivas y no punitivas- ofrecidas por toda una variedad de disciplinas para solucionar problemas: justicia restaurativa, mediación penal, etc. Al aplicar mano dura, en muchos casos no habremos solucionado el problema. Lo habremos meramente aparcado. Y los problemas aparcados con el tiempo tienen tendencia a enquistarse, a pudrirse y en definitiva a empeorar.

Y para entonces, nuestros aprendices de brujo sencillamente no sabrán qué hacer, porque al igual que el aprendiz de Goethe, no dominan por completo las disciplinas necesarias o simplemente prefieren hacerlo por la vía más fácil. En resumen, actúan con mediocridad. Pero resulta muy difícil convencerles de que hay otras vías. Es más, los aprendices de brujo están convencidísimos de estar en posesión de la Verdad con mayúscula.

Desgraciadamente, este problema no es nuevo. Charles Darwin ya había sentenciado que “La ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”. Abundando en ello, unos psicólogos norteamericanos publicaron un estudio, en 1999, en el que medían las habilidades intelectuales y sociales de una serie de estudiantes y les pidieron una autoevaluación posterior. Los resultados fueron sorprendentes y reveladores: los más brillantes estimaban que estaban por debajo de la media; los mediocres se consideraban por encima de la media, y los menos dotados y más inútiles estaban convencidos de estar entre los mejores. Resulta preocupante: los más incompetentes no sólo tienden a llegar a conclusiones erróneas y tomar decisiones desafortunadas, sino que su incompetencia les impide darse cuenta de ello. Cabe preguntarse si pasa lo mismo, por ejemplo, con decisiones y desatinos de economistas aprendices de brujo que nos han llevado a la situación en que estamos.

En el ámbito penal, ya se han dado varios toques de atención internacionales y en algunos de estos casos, nuestros aprendices de brujos acataron las decisiones que ponían las cosas en su sitio, pero siempre manifestando malestar y desacuerdo. La propia Declaración Universal de Derechos Humanos estipula claramente que nada en su contenido podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en dicha Declaración. Los demás tratados de derechos humanos incluyen preceptos similares y a pesar de ello nuestros aprendices de brujos, junto con los de otros países, insisten en interpretar que la solución para casi todo es el jarabe de palo.

La pregunta es: cuando venga el brujo a poner orden en los desaguisados que crean, ¿qué van a hacer? ¿Le aplicarán mano dura también al brujo? El cantante Fito lo resumió de forma magistral en una de sus canciones más conocidas: “con la policía todo solucionado, para los problemas: jarabe de palo. Pero el corazón nadie me lo ha arreglado. De vergüenza el cielo se rompió en pedazos”.

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