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Derechos Humanos, medios y fin

Este artículo, escrito junto con mis compañeros Josu Oskoz y Miguel Angel Navarro en septiembre de 2015, es una reflexión realizada cuando la crisis de los refugiados aún no había llegado a las proporciones catastróficas a las que ha llegado. Frente a la rampante xenofobia de Europa, sólo cabe la aplicación correcta de los derechos humanos.

Asistimos al mayor número de personas desplazadas desde la II Guerra Mundial. No es, sin embargo, un fenómeno nuevo: año tras año, miles de personas en el mundo se desplazan forzosamente. Lo realmente novedoso es que, en esta ocasión, llaman a nuestra puerta, en número considerable, personas que se ven forzadas a escapar de su hogar para evitar los efectos de un conflicto armado, situaciones de violencia generalizada o violaciones masivas de los derechos humanos.

Conviene recordar, que los campos de población refugiada más antiguos y mayores del mundo no están en Europa. Son precisamente otros pueblos y otros Estados quienes, con muchos menos recursos, han acogido a centenares de miles de personas desplazadas durante décadas.

En Kenia, desde 1991, y con más de 400.000 personas, tenemos el campamento llamado “Dadab”. Habilitado inicialmente para acoger 90.000 personas que huían de la guerra de Somalia es en la actualidad el mayor campamento de población refugiada del mundo que acoge mayoritariamente a mujeres, niñas y niños. En Etiopía, desde 2011, el campamento llamado “Dollo Ado” acoge a más de 200.000 personas, en su mayoría somalíes huyendo tras más de dos décadas de guerra en su país, pero también procedentes de Sudan del Sur o Eritrea. Podemos también recordar a las más de 100.000 personas palestinas que viven en campamentos en la Franja de Gaza, a las más de 80.000 personas sirias que malviven desde 2012 en el campo llamado “Al Zatari” en Jordania, o las 200.000 personas saharauis refugiadas en Tinduf (Argelia) desde hace décadas.

Sin embargo, los países europeos –incomparablemente ricos frente a aquellos- han visto llegar en los últimos meses a aproximadamente 350.000 personas huyendo de las guerras de Siria, Irak o Afganistán, menos de las personas refugiadas que solamente Kenia acoge desde 1991.li

Queda claro que los desplazamientos forzados de personas causados por desastres de cualquier tipo constituyen un fenómeno creciente (aunque no nuevo) con el que la política exterior europea tiene mucho que ver, y que exige, ante todo y en primer lugar, políticas públicas eficaces que garanticen los derechos humanos de las personas afectadas: asumir, frente al enfoque asistencialista y reactivo que escuchamos a diario, un enfoque de derechos humanos en la atención a estas poblaciones.

En Argituz, y con la vista siempre puesta en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, pensamos que la especial vulnerabilidad de estas personas exige de las administraciones públicas una clara posición de garante y promotor de sus derechos humanos, posición que debe orientar -en todo momento- las políticas públicas (de regulación y de cuotas de acogida) que se están ahora mismo planteando.

Estas personas, titulares de todos los derechos humanos reconocidos, deben ser destinatarias de políticas públicas que promuevan su adecuada integración en nuestra sociedad mientras persistan los motivos que forzaron su huida, garantizando que sus condiciones de vida sean respetuosas con la dignidad humana y con el respeto a sus derechos fundamentales, siendo particularmente relevantes, dada su condición de personas refugiadas, el derecho a solicitar, y en su caso, obtener asilo, el derecho a la libertad de movimiento, la prohibición de expulsión colectiva o el derecho a la unidad familiar.

Facilitar el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales: el derecho a la educación, a la salud, al trabajo, a un nivel de vida adecuado,… es el camino, y la forma más eficaz, digna y respetuosa de promover la integración social, económica, política o cultural. Acoger significa también poner en marcha las políticas públicas pertinentes para atender inicialmente las necesidades más acuciantes de estas personas. Pero acoger es además promover políticas públicas para conformar una sociedad abierta, plural y diversa, conforme a una concepción policroma de la identidad social que se quiere construir, evitando los discursos del miedo o del odio que algunos representantes políticos se empeñan en trasladar.

Atendamos la advertencia que nos hizo una de las mentes más brillantes de la historia, Albert Einstein, cuando nos decía que “no podemos resolver los problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos”.

Por Josu Oskoz, Miguel Angel Navarro y Andrés Krakenberger, Asociación Pro Derechos Humanos Argituz

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